Posteado por: museodegrandesnovedades | enero 30, 2011

Perversidad policíal

http://tiempo.elargentino.com/notas/vecino-denuncio-policia-hacerlo-comer-excremento-de-perro

Un vecino denunció a la policía por hacerlo comer excremento de perro

José Lorenzo vive en el Barrio Fátima y fue golpeado y humillado por efectivos de la Comisaría 36, según confirmaron testigos de lo ocurrido. “Me hicieron lo mismo que hacían los militares, que te metían en un Falcon y te llevaban”, afirma.

Cuando su mejilla derecha impactó contra el suelo áspero de uno de los pasillos de la manzana 2, en el Barrio Fátima de Villa Soldati, el “Pícaro” seguía distraído con el azote que no veía pero sufría. Las trompadas de dos oficiales de la Comisaría 36ª le llovían en la espalda y él, acostado boca abajo, sólo rezaba para que no le estropearan un pulmón.
Pero lo indecible llegó después. “¿Ves esta mierda?”, interrogó el más bajito de los agentes mientras le empujaba la cabeza hacía los pedazos de excremento de perro que, hasta ese momento, el Pícaro no había advertido. “Te la vas a comer ¿Sabes por qué? –volvió a insistir con las preguntas–. “Porque los negros como vos comen mierda”, se convenció solito el policía y luego actuó.
Ya pasó más de una semana pero José Lorenzo, 52 años, el Pícaro para los que lo conocen de toda la vida, todavía no puede contar el asco. Sólo sabe que lo sintió en la boca y en la nariz. Que intentó zafarse pero mientras uno lo agarraba del pelo y le metía la cara en el mojón, otro le encañonaba la cabeza con la pistola reglamentaria y celebraba el abuso.
“Así como te lo cuento. Me apretó la cara contra la mierda y me hizo comerla”, grita.
En su casa y con la familia atenta al relato infame, Lorenzo reconstruyó para Tiempo Argentino el castigo escatológico. Lo hizo por primera vez y, espera, que también sea la última.

MALTRATO. El viernes 14 de enero, bajo un sol marcial de mediodía, el Pícaro perdió para siempre el ángel que le daba sentido al apodo. Según cuenta, estaba buscando juguetes en las bolsas de basura de la calle Lacarra para regalarles a sus sobrinos, cuando un conocido con quien arrastraba problemas de vieja data intentó atropellarlo con una moto. Lorenzo lo increpó porque le torció el cuadro de su bicicleta y luego del intercambio esperable de insultos, el otro prometió: “Esta me la vas a pagar.”
Lo siguiente que recuerda el Pícaro es la voz de alto de un patrullero y dos efectivos lanzados contra él.
“Sin decir una palabra, uno me agarró de los pelos y el otro me metió un trompazo. Así me llevaron hasta el patrullero: haciéndome una llave en el cogote y dándome piñas en el cuerpo”, relata.
Hasta ese momento, el abuso de autoridad, siempre condenable, no escapaba del que se da en cualquier barriada pobre. Sin embargo, con el correr de los minutos el accionar policial siguió enturbiándose.
“Cuando llego al móvil –recuerda–, veo que me estaba esperando el tipo que me había chocado. Él mismo abre la puerta del patrullero y les dice a los policías que me metan rápido para que no grite. Entonces me desespero.”
Lorenzo pidió explicaciones. Preguntó por qué lo llevaban si no había hecho nada y ante el silencio de los efectivos comenzó un forcejeo para intentar escapar. No fue la mejor idea.
“Uno de los policías me tira al suelo y me dice: ‘Hablá guacho. ¿Vos le quisiste robar la moto?’ Yo les decía que no, mientras ellos me pegaban. Después pasó lo de la mierda. A esa altura ya estaban todos los vecinos afuera”, afirma.
Del alboroto fue testigo Rosa. Una señora de mirada clara que nació con el barrio y que conoce a Pícaro desde hace no menos de 25 años.
“El que más le pegó fue el policía alto. El más petiso fue el que le puso la cara en el excremento. Después lo levantó, lo arrodilló y le apuntó con el arma en la cabeza. Todos escuchamos que le dijo: Te voy a matar negro de mierda”, confía Rosa.
La mujer también cuenta que no soportó más y que se les fue al humo a los oficiales. Que les explicó quién era el hombre al que torturaban y que hasta se ofreció para palparlo de armas y así demostrarles que estaba indefenso.
Seis patrulleros y un auto de la brigada fueron demasiado para la resistencia de los vecinos y Lorenzo viajó sin escalas a la comisaría y luego a un calabozo en el subsuelo de los tribunales de Lavalle y Talcahuano. El lunes a la tarde recuperó su libertad pero el hombre sigue preocupado.
“Yo no sé leer ni escribir y me quisieron hacer firmar algo que decía que yo había robado. Me negué porque soy ignorante pero sé lo que esta bien y lo que esta mal”, avisa.

SÓLO UNA DISCULPA. Según lo que consta en los registros de la Defensoría del Pueblo, José Ricardo Lorenzo está acusado de tentativa de robo, lesiones y atentado a la autoridad. Según los vecinos, al momento de la detención no se libró un acta ni se pidieron testigos como ocurre en cualquier procedimiento.
“No es la primera vez que pasa esto en el barrio. La Comisaría 36ª tiene antecedentes de abusos (ver recuadro) y por eso hace más de cinco años que los vecinos venimos haciendo denuncias pero nunca se hizo nada”, se queja Rosa.
En tanto, Lorenzo no esconde el miedo. Dice que aceptó contar su historia para evitar que se repita aunque apunta, con imbatible razón, que después los periodistas se irán y él quedará otra vez solo.
“La policía se portó mal conmigo y creo que me merezco una disculpa porque lo que me hicieron es lo mismo que hacían los militares antes, cuando te metían adentro del Falcon y te llevaban”, reflexiona y enseguida aconseja salir hacia el Premetro porque se hace de noche.

http://tiempo.elargentino.com/notas/antecedente-del-policia-que-mato-espalda

El antecedente del policía que mató por la espalda

Eduardo Córdoba tenía 31, era músico y vendedor en la vía pública de la revista Hecho en Buenos Aires. El sábado 21 de abril de 2007 se reunió con los miembros del grupo para ensayar. A las 2:40 de la madrugada del domingo 22, con un amigo, tomaron un colectivo de la línea 76 para regresar a su casa del barrio Zabaleta, en Barracas.
Córdoba, a quien todos llamaban “Chasqui”, tenía “pelo largo y cara de indio”, según la declaración posterior del chofer a quien pareció molestarle el aspecto del joven.
Hubo una discusión entre ambos y el conductor se dirigió a toda velocidad a la Comisaría 36ª, donde el subinspector César Javier Pereyra mató de un tiro a Córdoba. En su declaración indagatoria, el policía dijo que la víctima “le estaba apuntando al chofer y que después se dio vuelta y le apuntó a él, de frente, motivo por el cual tuvo que matarlo en defensa propia y de terceros”.
En la autopsia firmada por el médico forense Roberto Víctor Cohen se deja constancia de que Córdoba murió al recibir un balazo que le entró por la espalda a la altura de la cintura y que salió por la tetilla izquierda.
En un primer momento, Chasqui fue acusado de un supuesto robo y de ir armado, hasta que una jueza desmontó la parodia y acusó de “homicidio simple” al policía.

http://tiempo.elargentino.com/notas/otros-casos-que-terminaron-tragedias

Otros casos que terminaron en tragedias

Ezequiel Demonty tenía 19 años, vivía en el barrio Illia de Nueva Pompeya y cursaba la escuela secundaria cuando, el 14 de septiembre de 2002 fue detenido por policías de la Comisaría 34ª, junto a dos amigos. Los tiraron al piso, les pegaron trompadas y luego los llevaron a la orilla del Riachuelo donde los obligaron a meterse en el río bajo la amenaza de pegarles un tiro si no lo hacían. Los amigos lograron nadar pero Ezequiel murió ahogado.
El cadáver apareció siete días más tarde, cerca del puente Victorino de la Plaza. El 18 de octubre de 2004, el Tribunal Oral Criminal (TOC) porteño N° 8 condenó a los nueve policías que intervinieron en el operativo. La sentencia más severa –reclusión perpetua–, fue impuesta al ex oficial subinspector Somohano, quien dio las órdenes esa noche. El ex oficial Barrionuevo y el ex suboficial Fornasari fueron condenados a prisión perpetua, en tanto otros seis oficiales recibieron penas de hasta tres años de cárcel y recuperaron la libertad.


Luego de dos meses de una intensa búsqueda de parte de sus familiares y amigos, el 8 de julio de 2009 los cuerpos de Jonathan “Kiki” Lezcano, de 17 años, y Ezequiel Blanco, de 25, aparecieron desparramados en una camioneta. Un video muestra a Ezequiel en el asiento de atrás con dos disparos en el entrecejo. Al volante, agonizando Kiki con una bala en el cuello.
La versión policial dijo que los jóvenes fueron ejecutados ese día cuando intentaron asaltar al oficial federal Daniel Veiga.
La causa quedó en manos del Juzgado de Instrucción N° 49, de Facundo Cubas que sobreseyó al imputado sin conocerlo: le tomó declaración por escrito, y obvió hacer cualquier tipo de reconstrucción de los hechos, pero un fallo de la Cámara de Casación Penal ordenó reabrir la causa por el asesinato, y otro de la Cámara de Apelaciones pidió investigar las irregularidades cometidas luego de las muertes. Antes de su agonía filmada, Kiki había sido amenazado y golpeado varias veces por efectivos de la Brigada de Investigaciones de la Comisaría 52ª.

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