Posteado por: museodegrandesnovedades | diciembre 24, 2010

Con las tomas y los saqueos, la inseguridad dejó de ser un tema

http://espacioiniciativa.com.ar/?p=1244

La inseguridad como construcción discursiva

Por David Bono

Se encienda la televisión, se lea la primera plana del diario o se escuche un matutino radial, el tema que siempre impera es la inseguridad. Aparentemente, este sería el tema que aqueja a todos los argentinos y no los deja en paz.

Si bien todos los días existe una “víctima diaria” de la inseguridad, la cual se pasea por todos los estudios de televisión, móviles en vivo y redacciones periodísticas habidas y por haber, llama la atención la liviandad con la que se aborda esta temática.

La denominada “inseguridad”, aparentemente sería el problema por el cual la gente, cuando sale de sus casas, no cree que volverá viva. Obviamente, esto es una manipulación mediática del fenómeno.

Con la llegada del neoliberalismo en la década del 70\80, las comunicaciones, así como numerosos aspectos de la vida, se mercantilizaron. Las víctimas de los hechos ilícitos, dejaron de ser personas que sufrían un daño emocional como consecuencia de un delito, y se transformaron en estrellas televisivas que ocupaban todas las pantallas en el “prime time”. Esta necesidad permanente de crear hechos, llevaron a los noticieros y agencias de noticias al armado cotidiano de una víctima, la cual debe expresar su repudio por los delincuentes, los cuales preferentemente deben ser jóvenes, pobres y en caso de ser inmigrantes estaríamos ante el delincuente ideal del imaginario argentino.

El pobre, como tal, también ha sido estigmatizado y posteriormente mercantilizado. Las noticias sobre la pobreza y la desigualdad, plagan las pantallas de la televisión, y parecería que los periodistas hasta se deleitan mientras ven un chico desnutrido en el interior, esta imagen fue la constante durante la crisis del 2001. Ese mismo pobre que era mostrado como el emergente de una sociedad desigual e inequitativa, fue posteriormente el responsable de todos los crímenes de “gente honrada”. Aparentemente, la era de la informática y las facilidades que acarrea la tecnología, generó en la juventud un escepticismo crónico, eliminando el esfuerzo y la proyección, como rezaban los matutinos “la juventud estaba perdida” y “esto antes no pasada, antes era mejor”.

Dudo que el grandioso Horacio, cuando escribía que “todo tiempo pasado fue mejor”, conociera la tasa de homicidios en Roma, donde La Subura era el barrio más peligroso y los homicidios políticos florecían por doquier, no creo que ningún romano convocara bajo el lema de “la mano dura”, la cárcel y la baja en la edad de imputabilidad (Roma tenía cárceles) marchas multitudinarias, más bien había linchamientos callejeros. Exacto, en Roma, cuna de la civilización occidental.

En nuestro país, la mediatización de la inseguridad como un evento multiespecacular generó la necesidad de noticias diarias que acaparen la atención. Pero como todo fenómeno comercial, este también es absolutamente temporal: esta semana ocurre una violación al día, la que viene el secuestro express, y la otra el homicidio mientras estacionamos el auto, luego, y como si fuera una moda, las noticias se reciclan  vuelven a aparecen en la televisión con el mismo patrón.

El discurso del odio, que acarrea lógicas racistas y xenófobas, llevó en nuestro país a que un hombre, cuyo reclamo era aparentemente “genuino”, reuniera 150.000 personas en Plaza de Mayo. Obviamente, con el tiempo, el reclamo perdió legitimidad, y el desmantelador profesional de empresas,  Blumberg, desapareció de las pantallas.

De la mano de la prédica xenófoba, donde el pobre es ladrón por naturaleza, llegó al poder Mauricio Macri, quien prometía con sus actitudes cuasi lombrosianas – aunque dudo que conozca la existencia de Lombroso – la represión de la delincuencia, mediante la creación de la Policía Metropolitana. Demás están los supuestos de ineficacia  y corrupción que supuestamente su lógica empresarial eliminarían, el problema está en el nombramiento de personajes nefastos de la Policía Federal más corrupta, con vinculaciones con la Dictadura Militar del 76 y el montaje de una red de espías clandestinos. Hoy, la Policía Metropolitana cuenta con 2000 agentes y un acaudalado presupuesto – que exime las picanas Taser – aunque su ineficacia e inexistencia compite con las mismas características del Jefe de Gobierno.

Los medios llevan a la opinión pública a creer que mediante la baja en la imputabilidad y el encierro en cárceles de todos los delincuentes, cualquiera haya sido el delito, solucionan el problema, pedimos más cárceles para más menores, cuando la lógica no es esa.

La política de seguridad norteamericana, donde las cárceles son privadas y, como la mayoría de las cosas en el capitalismo, son un negocio, la población carcelaria crece exponencialmente a fin de aumentar las arcas de las empresas encargadas a tal fin. Así como nosotros criminalizamos a los pobres, preferentemente inmigrantes, ellos hacen lo mismo con la población afrodescendiente. A su vez, esto tiene correlación en la sociedad civil, donde prácticamente todo norteamericano tiene armas de fuego de su propiedad. De hecho, el Tea Party, quien se opuso fervientemente a Obama en las últimas elecciones parlamentarias, predica que es una necesidad y todo ciudadano debería tener un arma, Sarah Palin, ex contrincante de Obama en las elecciones presidenciales, es de la Asociación del Rifle – que nuclea a la derecha recalcitrante estadounidense – y se dice “cazadora profesional”.

Este mismo sistema de “cárcel para todos y porque si”, se intentó extender hacia el continente como política social, cultural y económica. El hacinamiento que sufren numerosos presos en los países de Latinoamérica es la consecuencia lógica de esta política.

Del mismo modo, nuestro país parecería ser una “boca de lobo”, donde todo puede suceder. Pero si comparamos las estadísticas con otras ciudades del mundo, la Ciudad de Buenos Aires tiene 4,92 homicidios cada 100.000 habitantes, mientras Nueva York 5,6 Montevideo 6,4 Santiago de Chile 9,56 Miami 14, 7 y Río de Janeiro 39,7 un buen dato en estos momentos en los que tanto se habla de la favelización de la Ciudad de Buenos Aires. De este modo, queda demostrado como las grandes metrópolis loadas desde los estudios televisivos tienen una tasa de homicidios culposos mayor al de nuestro país.

Con respecto a la gente que prefiere tener armas en su casa, nuestro país tiene cifras maravillosas. La política de desarme logró que se canjearan 97.000 armas de fuego por dinero, y el organismo que en 2002 poseería 83.000 solicitudes de portación, en 2008 tuvo cerca de 25.000, es decir, prácticamente una reducción de más del 70%, paradójico porque según los medios la inseguridad crece día a día.

Tal vez lo más aberrante del discurso mediático fue cuando asesinaron al florista de Susana Giménez – fue un crimen pasional perpetuado por strippers – y salió con su tristemente célebre “el que mata tiene que morir”. Por suerte, el Pacto de San José de Costa Rica en su artículo 2, establece que los países que han abolido la pena de muerte no podrán reinstaurarla, episodio lamentable de la historia argentina cuando fue reinstaurada en 1978.

Resulta sumamente interesante conocer los datos estadísticos que elabora el Servicio Penitenciario, a no ser que los medios también descrean de la justicia. En 2009 en la Argentina fueron perpetuados 4574 homicidios, de los cuales sólo el 30% fueron dolosos, el resto fueron culposos en accidentes de tránsito. Cada 100.000 habitantes, hubo 5,45 muertos por homicidio doloso y 10,37 por culposo.

Ahora bien, de los 1234 homicidios dolosos que se inscriben en el Sistema de Alerta Temprana, fueron imputadas 1160 personas, de los cuales el 93% eran hombres, y el 3% policías.  Es decir, que en primera instancia queda absolutamente descartada la hipótesis de la inutilidad de la justicia y la falta de castigo a los culpables. De esos homicidios, el 51% fueron efectuados en la vía pública, lo cual delata una posible merma en el personal policial que debe patrullar las zonas, pero esto se encuentra caracterizado por la profunda corrupción existente en la Policía Federal desde la última dictadura. De todos modos, es interesante señalar un dato: el 74% de los crímenes no tuvieron una motivación ulterior (como robo o violación), es decir que se derrumba el discurso construido alrededor de los intentos de violación y asesinato.

En materia de homicidios culposos por accidentes de tránsito, se cometieron 2111 hechos con 2402 víctimas, de las cuales más de la mitad fallecieron a causa de una colisión de dos vehículos. A su vez, a esto se suma que el 95% aconteció en condiciones climáticas normales, es decir que queda explicitada una merma en el control de la seguridad vial.  El motivo del choque, en el 85% de los casos, fue la inexistencia de semáforo. A modo ilustrativo es interesante destacar que más de la mitad es en rutas y autopistas y el 40% en calles o avenidas. De los muertos, el 79% son varones y el pico máximo se registra en la población de 25 a 34 años, en el rol de víctimas y victimarios.

Estos datos son meramente ilustrativos y de ellos se desprenden dos conclusiones: en primer lugar, existe un déficit en materia de políticas viales, lo cual fue advertido por los gobiernos nacional y provinciales, y se han tomado medidas al respecto, pero de todos modos, todavía no contamos con datos específicos del año 2010. La otra idea que surge es la mentira mediática: si bien existe inseguridad y ocurren hechos delictivos a diario, es falso creer que se cometen miles de violaciones, robos y asesinatos de manera sistemática cada hora.

Los medios de comunicación lograron un mecanismo absolutamente perverso, transforman a la víctima en un actor, les presentan un escenario preferentemente truculento a fin de montar un espectáculo que les permita “vender” su mercadería: la información.

Aquí no sólo está en juego el derecho de los ciudadanos a la información, la cual debe ser real y confiable, sino la credibilidad de los medios de comunicación y sus intereses comerciales. La inseguridad es una construcción discursiva que parte de un supuesto de realidad y alcanza límites inauditos en el crecimiento exponencial de la audiencia. La paranoia de la población es realmente útil a los efectos de introducir nuevamente el discurso neoliberal del Estado mínimo garante de la seguridad individual, eliminando las construcciones colectivas y estigmatizando a las fuerzas de seguridad por su corrupción, la cual surge a raíz del mismo neoliberalismo y que se encuentra inmerso en cualquier estructura de poder jerárquica y permeable.

A modo de conclusión, resulta sumamente importante destacar tres aspectos en la construcción del relato: los intereses de los medios, la criminalización de los pobres y los inmigrantes, y el discurso neoliberal. La libertad de mercado y el vaciamiento del rol social de los medios como comunicadores y “denunciantes” de las irregularidades y abusos del poder, quedó opacado por los intereses desenfrenados de sus propietarios. Esto se ve acompañado de la necesidad de un “perejil”, que en este caso son los pobres y los inmigrantes, a quienes el neoliberalismo propugna, genera y rechaza, obviamente los resultados nefastos de la aplicación de las política de inequidad intentan ser ocultados de la manera más enriquecedora, culpando al pobre por ser pobre y al inmigrante por ser inmigrante, ambos fenómenos generados principalmente por la lógica capitalista y la globalización. En último lugar, el discurso de la eficiencia estadual, en contraposición de la inutilidad de un Estado interventor, al cual se intenta opacar con la autoconvocatoria vecinal, que consecuentemente genera un desprestigio institucional – hoy demostrada su falsedad con la creación del Ministerio-  lleva al común de la población a un descreimiento absoluto de las lógicas estaduales e institucionales, socavando un profundo abismo entre las lógicas democráticas participativas y la imposición mercantilista de la realidad.

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